Estos días en Zaragoza, con tanto evento y movimiento en el centro, el tranvía va a tope. Y como siempre que se trata de movilidad, yo no puedo evitar fijarme en cómo afecta a quienes vamos en silla de ruedas. Una cosa que me ha llamado mucho la atención (y no para bien) es el uso de vinilos publicitarios en los tranvías.
Sí, es publicidad, es ingreso, lo entiendo. Pero hay algo que parece que nadie pensó: esos vinilos impiden ver el interior del tranvía desde el andén. Y claro, cuando necesitas saber por qué puerta entrar, porque hay menos gente o porque es la que da acceso a la zona reservada, si no puedes ver… apaga y vámonos.
Cuando las puertas se abren ya es tarde para ir corriendo a otra entrada, sobre todo si tienes movilidad reducida. Y tampoco ayuda que mucha gente, en lugar de dejar pasar primero a quienes vamos en silla o con carrito, se abalanza para coger sitio. Así que ahí estás, tratando de esquivar pies, empujones y miradas de “vas a hacer que llegue tarde”.
Una propuesta sencilla: ¿y si las puertas se dejan sin vinilar? Se puede seguir poniendo publicidad sin que eso suponga una barrera para ver qué pasa dentro. Es un pequeño gesto que tendría un gran impacto en la accesibilidad. Porque a veces no es solo cuestión de adaptar espacios, sino también de pensar un poquito más allá.
Y sí, por cierto… El roscón de San Valero, mejor sin nata. ¡Larga vida al chocolate caliente!