Esta semana he querido hablar de algo que mucha gente da por hecho: que las personas con movilidad reducida también vamos al gimnasio. O al menos, lo intentamos. Porque aunque el deporte es necesario para todas, aún nos encontramos con muchísimos obstáculos para practicarlo en igualdad de condiciones.
En mi caso, por mi enfermedad, la piscina es lo único que puedo hacer. Y si hablamos de piscinas públicas, como la del Pepe Garcés, la cosa cambia: suelen estar bastante bien adaptadas. Pero incluso ahí, falta empatía y previsión. Por ejemplo, no se contempla que una persona con discapacidad pueda necesitar ir con un acompañante de otro género para ayudarla a cambiarse.
Lo grave llega en el ámbito privado. Fui a ver una conocida cadena de gimnasios con una amiga y, al preguntar por los vestuarios accesibles, me dijeron que por política de privacidad no podían enseñármelos. ¡Ni siquiera para comprobar si podía ducharme o no antes de apuntarme! Al final, mi amiga entró y me confirmó que no eran accesibles, aunque el trabajador me había dicho que sí.
Y aquí está el problema: no es culpa del trabajador, que enseña lo que le han enseñado. El problema es que no se forma al personal en accesibilidad, ni se les muestra el centro desde la perspectiva de una persona con discapacidad.
No puede ser que en 2025 tengamos que seguir explicando que no se trata de hacer gimnasios para personas con discapacidad, sino gimnasios para todas las personas. Y que eso se consigue con empatía, con formación y con un mínimo de sentido común.
Y para rematar, el sábado intentamos coger un taxi en la estación Delicias. Le explicamos al conductor que mi “zapato naranja” se pliega y cabía perfectamente, pero se limitó a mirar al infinito y decir que no. Así, sin más. Menos mal que siempre hay otros profesionales que sí entienden lo que significa inclusión.
Seguiremos hablando alto, claro y con humor, como siempre. Porque tenemos derecho a cuidar nuestro cuerpo, a movernos y a vivir con dignidad.
Hasta la próxima.