Feliz año nuevo a todos y todas, aunque ya me marqué la fecha límite de decirlo solo hasta el viernes. Hoy quiero hablaros de un tema que parece simple, pero no lo es tanto: la accesibilidad en los taxis.
Como persona con movilidad reducida, muchas veces me encuentro con dificultades incluso antes de subir a un taxi. Existen taxis adaptados, sí, con rampas y más espacio, pero no siempre están disponibles y además, no todo el mundo necesita uno completamente adaptado. Por ejemplo, mi «zapato naranja» –mi scooter motorizado– se pliega como una maleta. Si voy acompañada, podría subirme perfectamente a un taxi estándar sentándome en el asiento trasero o de copiloto, y plegar el zapato en el maletero.
El problema es que muchos taxistas, al ver a alguien en silla o scooter, directamente niegan el servicio sin preguntar si podemos sentarnos en el coche como cualquier otra persona. Lo peor es que ni siquiera hay que cobrar suplemento por el uso del maletero para una silla de ruedas o carrito de bebé, algo que yo misma desconocía hasta hace muy poco. Así que lo compartiré también en redes para que más personas lo sepan.
Esto me recuerda a cuando asumimos que una persona en silla de ruedas no puede caminar en absoluto, cuando en realidad hay muchos grados de movilidad. A mí, por ejemplo, me puedes ver dejando el zapato en la puerta y caminando despacito dentro de un restaurante.
Y sí, al final esto va de prejuicios, de no preguntar, de dar por hecho. No todo el mundo necesita lo mismo, ni se mueve igual. Por eso, un simple gesto de preguntar antes de negar un servicio puede marcar la diferencia.
Desde aquí, gracias al taxista que escribió a la emisora para decir que está encantado de llevarme cuando quiera. Y gracias también por recordarnos que no hay suplemento por maletero. Más empatía, más información y más sentido común, por favor.
Hasta la próxima semana.