Una mamografía con barreras: cuando la inquietud no solo está en los resultados.

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La semana pasada me tocó revisión. Tengo unos bultos benignos que hay que controlar, y aunque la palabra «benigno» tranquiliza, no elimina los nervios de tener que revisarse, de pensar en lo que podría ser, de esperar resultados. Lo que no esperaba era que lo más incómodo de la experiencia no fuera la prueba en sí, sino tener que luchar por hacerla. Porque, cuando vas en zapato – silla de ruedas-, todo se complica. Incluso algo tan básico —y tan importante— como una mamografía.

Desde que llegué al Hospital Militar, las preguntas fueron las mismas: «¿Te puedes poner de pie?» Me lo preguntó la persona que recogía las citaciones. Me lo preguntó la técnica de rayos. ¿La respuesta? Bueno… depende del rato que tenga que estar de pie. Pero con tal de hacerme la prueba, me levanté. Y recé para que la espalda me aguantara. Aguanté. Porque no me dieron alternativa. No soy técnica, pero quizás si me hubiera puesto de medio lado, en mi “zapato naranja” —mi silla—, se podría haber hecho. Pero no me dieron opción. Y cuando suspiré al acabar, retorcida por el dolor, la técnica solo dijo: «¿Ay, qué pasa?» Y cuando le contesté «nada, que me duele», me respondió con un «ay, qué susto». El susto era mío, créeme.

Y luego vino la frase que me dejó helada. Cuando pregunté «¿y si no hubiera podido levantarme?», me respondió: «Tendríamos un problema. No podríamos haberla hecho.» ¿Cómo que un problema? ¿No debería ser parte de su día a día saber adaptarse a distintas realidades? Insistí: «Si viniera en una silla de ruedas convencional, ¿tampoco se podría?» Y la respuesta fue igual de desalentadora: «Alguna vez lo hemos hecho, pero no ha salido del todo bien.» Y como colofón, «Tú ponte buena.» Así. Como si la solución a todo fuera dejar de necesitar una silla, sé que no lo hizo con mala intención, sé que lo dijo con cariño y por eso esa frase tal vez fuera la que menos daño me hizo.

Cuando pasé a la ecografía, el panorama no mejoró. Camilla fija. Sin apoyo. Solo necesitaba un brazo para impulsarme. Pero la médica se marchó deprisa diciendo que iba a llamar a la enfermera. Solo era darme la mano… para incorporarme, nada más. Al cabo de los minutos cuando vino la enfermera  yo ya me había incorporado sola, como tantas veces. Como siempre.

Sé que no soy experta en aparatos médicos. No sé si la máquina se puede subir o bajar, o si este hospital en concreto no tiene medios. Pero sí sé lo que viví. Y me hago algunas preguntas:

1. Si no todos los hospitales tienen aparatos accesibles, ¿no debería existir una lista oficial de centros donde sí se puedan hacer las pruebas con total seguridad y dignidad?

2. Si esa lista existe, ¿por qué mi médica de cabecera no me derivó directamente a uno de esos centros, teniendo en cuenta que mi falta de movilidad es evidente?

La accesibilidad no debería depender de la voluntad del técnico, ni de la suerte. Hablamos de salud. De diagnósticos. De vidas. Y sí, me ofrezco voluntaria para coordinar esa lista, si nadie la tiene. Porque esto no va solo de aparatos médicos. Va de respeto. De empatía. Y de humanidad.

Y sobre todo… va de emociones. Porque no olvidemos que una mamografía no es cualquier cosa. Vas con miedo. Con ansiedad. Con dudas. Si, además, le sumas el dolor físico de forzar tu cuerpo para poder hacer la prueba, y la sensación de no ser tenida en cuenta, lo que debería ser una revisión preventiva se convierte en un trauma. ¿Y qué pasa si eres una mujer que acaba de empezar a usar silla de ruedas? ¿Si estás aún en proceso de aceptar lo que te ha tocado vivir? ¿Y si te mandan de vuelta a casa porque no pueden hacerte la prueba? El daño es doble. Y absolutamente evitable.

La accesibilidad no es un favor. Es un derecho. Y también forma parte del cuidado. Así que, por favor, hagámoslo bien. Por todas. Por todas las que no pueden levantarse.

Puedes oir el audio completo en la web de Onda Cero.