El verano llega a su fin y con septiembre regresa la rutina. Para muchos es como un “nuevo comienzo de curso”, un reset en el que nos planteamos propósitos: gimnasio, paseos, actividades culturales… Pero cuando vives con una discapacidad, esa vuelta se convierte en un reto extra.
En mi caso, no puedo salir a correr para despejarme, así que mi alternativa es la piscina. Sin embargo, me sigo encontrando con la misma barrera de siempre: los gimnasios privados y muchas piscinas siguen sin ser accesibles. Lo he escuchado con mis propios oídos: “¿para qué adaptar si solo viene una persona con movilidad reducida?”. Esta mentalidad no solo es injusta, sino también un freno para que más gente se anime a acudir.
Y no hablamos solo de movilidad reducida. Las personas sordas, por ejemplo, siguen sin tener opciones reales en el ocio cultural. Ir al cine debería ser un plan universal, pero todavía cuesta encontrar sesiones subtituladas en las carteleras. Y lo mismo ocurre con quienes tienen baja visión o con tantas discapacidades invisibles que rara vez se contemplan.
Las vacaciones ya fueron un desafío buscando alojamientos “accesibles” que luego no lo eran. Ahora toca enfrentar el reto de la rutina. Pero no pienso rendirme: cada experiencia compartida, cada denuncia y cada propuesta son pasos hacia un futuro más inclusivo. Porque la accesibilidad no es un añadido: es un derecho que hace la vida más justa y más fácil para todos.
A continuación el audio del programa: